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Intento de Catarsis

Hago este espacio para escribir de todo y de nada, sólo para sacar de mi cabeza las ideas de lo que se me vaya ocurriendo... y de paso practicar estilos de redacción, entre otras cosas... Espero lograrlo porque no se me da escribir sin objetivo "funcional

Neurona mata carita

Este es un texto que obtuve hace alrededor de 3 años navegando no recuerdo donde, en la red. Hasta ahora es el único del que puedo decir "ME ROBÓ LAS PALABRAS"... y como a mi me da flojera escribir tanto, y ya hay quien lo dijo, pues mejor reproduzco el texto... ESPERO TUS COMENTARIOS!!

Neurona mata carita...
Pedro Pablo Martínez

Una encuesta recientemente realizada en este sitio sobre qué es lo que no debería faltarle a una mujer, me lleva a reflexionar en lo que busca un hombre en una mujer.

No quisiera reducir esto a la fácil explicación que mis lectoras deben estar pensando, y que nadie ha expresado tan elegantemente como el Barón de Lyttelton:

"Las mujeres, como los príncipes, encuentran pocos amigos verdaderos: todos los que se acercan a ellas persiguen sus propios fines", que es el lugar común y, como todo lugar común, impide una reflexión seria. Además sería injusto, pues caeríamos en lo mismo en que cayó el papá de una conocida mía cuando la observó platicando de amores con su mejor amiga en el jardín de su casa y les llamó la atención: "¡ustedes siempre están hablando de lo único!".

Me atrevo a romper con ese prejuicio de que los hombres solamente pensamos en "ESO", porque mucho más he esperado y he recibido de algunas mujeres, entre las que incluyo relaciones que nada tienen que ver con el sexo o con la relación de pareja. Y es que, si solamente vemos el problema hombre-mujer desde este punto de vista, nos perdemos la posibilidad de reflexionar sobre muchas otras maneras como nos relacionamos unos y otras todos los días y en muchos niveles.

Mientras nada más nos ocupe este tipo de relación, no vamos a entender el problema a cabalidad.

Desde mi siempre muy limitada experiencia, en esta ocasión podré confesar

* qué es lo que me encanta que tenga una mujer,
* qué es lo que no me gusta tanto, y hasta posiblemente
* qué es lo que me choca.

Como siempre, quisiera comenzar por el principio. De niño me irritaban a ratos mis hermanas, porque algo me hacía pensar que no entendían qué era lo que me lastimaba de ellas y eso me provocaba una sensación de soledad terrible. Pensaba que mis seres más cercanos, los únicos que me podían proporcionar algo de seguridad, no me querían. El asunto extremaba cuando lo sospechaba de mi madre quien, siendo una ama de casa que aparte trabajaba y cargaba con la responsabilidad de no preocupar a su marido por los problemas de diez hijos -y, por si fuera poco, tenía un bebé que era mi hermano menor, el santanazo-, pues poco tiempo le quedaba para siquiera sospechar que el octavo engendro andaba en angustias metafísicas.

Un fin de semana los tíos me invitaron a las cabañitas de un bosque cercano a Pachuca. El plan resultaba ideal. Iba con mi primo Alejandro, mi comparsa de los años maravillosos y a quien siempre recuerdo con ternura; no nos importaba que el hotel donde nos hospedábamos tuviera pocos huéspedes (se hallaba en franca decadencia). Lo que nos importaba era la posibilidad de desafanarnos de los adultos e internarnos dispuestos a todo entre caminos, riachuelos, escondites y ahuehuetes.

Llegando al hotel nos hicimos ojo de hormiga para que mi tía desempacara todo lo del carro y la emprendimos entre las espesuras. Entonces sucedió lo inesperado. En el primer claro del bosque estaban sentadas, con un mantel sobre el pasto y un juego de té, dos niñas de nuestra edad. Al acercarnos, nos ofrecieron un cafecito imaginario y nos pusimos a platicar. Como en las novelas de Altamirano, una era rubia y la otra morena y, como en las novelas de Altamirano, una le gustó a mi primo y la otra a mí. Pasamos tres días jugando todo el tiempo y, cuando llegamos a México nos dimos cuenta de que no vivían en la dirección que nos habían dado. Nos tomaron el pelo, pero a mí no me importó demasiado. Tenía diez años.

No recuerdo siquiera el nombre de esa niña que pasó más tiempo platicando conmigo que con su amiga durante esos tres días, pero nunca voy a olvidar la intensidad con la que descubrí que nada me llena tanto como perderme en una conversación sin fin con una mujer.

Muchos años después me puse a analizar el dolor de haber visto naufragar la relación más importante de mi vida y me pregunté en silencio qué era lo que más extrañaba.

Con el masoquismo de quien hace a un lado todo lo que no funcionó, me di cuenta de que eso que dicen que es lo único que los hombres buscamos en una mujer, efectivamente, fue maravilloso en los mejores tiempos de la relación, intenso y, como la lucha AAA, sin límites. Que eso otro que buscan los educados para el machismo funcional y acendrado (es decir lo de las actividades hogareñas) no fue importante, pues a ella no le gustaba realizarlo, en gran parte, y a mí me ha gustado siempre. Tampoco fue fatal perder la posible ternura o ese no sé qué de instinto envolvente y protector que trae como un chip la mayoría de las mujeres, pues hasta cierto punto he aprendido a desarrollar mecanismos para no depender tanto de ello -y sobre todo, para detectar cuándo es utilizado con fines manipuladores-, además de que tengo cierta facilidad para conseguirlo sin tanto riesgo...

No. Lo que descubrí como verdaderamente trágico fue la pérdida de esa interlocutora inteligente y aguda de la que me enamoré platicando horas enteras en cafés y restaurantes, es decir, lo mismo que había descubierto en el bosque. Entonces sí me puse a llorar.

Ahora que veo a mis padres todas las noches, él desahuciado en el lecho del dolor y ella atendiéndolo sin una sola queja, me doy cuenta de que, después de más de 50 años, pueden platicar todos los días de mil cosas. Me admira el sentido común con el que algunas parejas de otras generaciones lograban sortear los problemas iniciales y mediatos, como quien paga un seguro para la vejez... y le encuentro sentido a sus sacrificios.

¿Qué es lo que hace cambiar la manera de concebir el problema en la actualidad? Una lectura diferente de las repercusiones de los pequeños avatares de la cotidianeidad.

Actualmente, cuando alguien justifica el fracaso de una relación, le da un peso específico a muchos de los síntomas frente a los cuales mi madre simplemente fruncía la comisura de la boca y se quedaba callada pensando: 'algún día me las vas a pagar', o mi padre inclinaba la cabeza, diciéndose a sí mismo: "no se hace caso".

Recuerdo que, cuando era niño, mi padre se molestaba porque mi madre gastaba mucha luz, dejando focos prendidos. Anoche, ella me pidió que quitara un apagador y encendiera el otro, "porque aquel tiene dos focos y este sólo uno". A mis padres les sucedió lo que dice Unamuno que pasó con Don Quijote y Sancho: él se fue quijotizando y ella se ha ensanchado.

Un amigo mío, después de uno de sus divorcios me confesó que su ex era la mujer perfecta, pero que no había podido cargar con su mal humor y esa fue la razón perentoria de su separación. Decía: "en este momento no sé qué va a ser de mi vida, pero estoy seguro de que la próxima vez que me relacione con alguien me voy a cuidar de que no vaya a ser otra jetona permanente". Otro amigo, cuando se lo conté, me dijo que una de las peores faltas de respeto que puede existir en una pareja consiste en no saber respetar cuando el otro está de mal humor, y hacerse a un lado. Ambos son sabios, pero el segundo sostuvo un matrimonio y ahora cuida de su mujer enferma.

Aquí dejaré de hablar de la relación de pareja, para hacerlo en términos generales de lo que nos gusta y no en una mujer. Va más allá de las relaciones formales y además es un galimatías, pues, como diría Balzac: "la mayoría de los maridos me hacen la impresión de un orangután tratando de tocar un violín".

Si ya quedó claro que para mí lo más atractivo en una mujer es su conversación, lo que no ha quedado claro es por qué esto no le sucede a todos y, a los que nos sucede, por qué no nos sucede con todas. Y es que en la mayoría de los vínculos que he observado, sí es cierto que ambos no tienen claro el objetivo y esto hace que se produzca un fenómeno: en lo único que están de acuerdo es precisamente en 'lo único', pues casi no existen 'parejas' que realmente hayan diseñado un plan de vida en común, incluyente y respetuoso de sendos planes de vida individuales.

Por eso, la única situación en la que no discuten y sí se ponen de acuerdo es a la hora de hacer el amor, y hasta les parece tierna la frase del bolero que a mí más bien me parece peligrosa (refuerza la idea de que a los hombres nada más nos interesa 'ESO') cuando Álvaro Carrillo dice "…y si quieres que hablemos de amor, vamos a quedarnos callados".

He visto muchas parejas que no se entienden más que en la cama. Y esto, considerado desde fuera del conflicto, me lleva muchas veces a pensar que es algo provocado y solapado por ambos, aunque al final el culpable de la situación siempre sea el hombre, dado el terrible prestigio que siglos de machismo nos carga de agravantes.

Habré de aclarar las condiciones para que la plática con una mujer sea deliciosa. Hacen falta buena fe y cero prejuicios hacia el otro (o en nuestro caso, seguramente, la otra). No basta con que sea aguda, culta e inteligente y con sentido del humor, pues son factores que pueden revertirse en contra del otro y hasta de ella misma, cuando la capacidad de discurso se torna en zona de conflicto y lo que era ironía se convierte en sarcasmo, lo que era descripción en inventario de agravios, y lo que era agudeza, en ira. Ya bien decía Góngora que "a batallas de amor, campos de plumas", es decir: no queda otra que echarse a correr.

Pienso en aquel fin de semana y pienso en las tardes platicando en algún café. Sí es cierto que alcanzo a recordar algo de lo que se dijo, pero tengo que hacer un esfuerzo para ello: lo que se viene a mi mente de inmediato es una sonrisa hermosa, en la que veía reflejada, como en un espejo, la parte más agradable de mi persona. Porque no se lo proponía la propietaria de la sonrisa, pero dejaba entrever el síntoma de algo que todos necesitamos: creer que es lindo estar con nosotros, sin que nadie tenga que decirlo.

Cuando esa sonrisa está presente no hay desconfianza ni miedo, no hay rencor ni amargura, no hay intereses ni fines, y los árboles crecen y el sol brilla porque, alrededor de esa sonrisa, la mirada húmeda, las manos que acarician y la boca que invita provocan la ilusión de que, efectivamente, el universo navega libremente, el tiempo no existe, y por lo menos en ese momento la eternidad parece ser posible.

Cuando Joan Manuel Serrat dice, refiriéndose a un gran amor, que al cabo de los años el olvido se llevó la mitad (es, decir, lo que no funcionó), como si citara la 'Psicopatología de la vida cotidiana', donde Freud establece que el olvido es un mecanismo de defensa que nos libra de la locura, ambos explican de alguna manera por qué cuando uno está solo y recuerda a un amor perdido, no recuerda la mirada de ira o el insulto y la injuria, sino esa primera sonrisa que nos llevamos a la casa cuando la conocimos y nos dormimos sospechando haber, como diría Tin Tan: "encontrado mi bolita".

En otra ocasión, platicando con un amigo sobre su matrimonio, que estaba en total decadencia, le pregunté por qué había estado con ella tanto tiempo y me contestó: "porque se ríe de mis chistes". El asunto me conmovió, porque mi amigo tenía un sentido del humor sui géneris -era más críptico que Woody Allen- y además dejó entrever una debilidad común a todos los hombres: nos gusta que nos escuchen, que nos celebren. Esto más que calificarnos nos describe como egocéntricos (aunque hay sus grados).

Es importante pensar en un punto determinante: la disposición de ánimo.

Tengo una amiga lesbiana con la que llevo una amistad de años porque hemos vivido cosas importantes juntos y confieso que una de las mejores cualidades que hace de nuestra amistad algo muy divertido es que podemos hablar de hombre a hombre y sin temor a, de pronto, dejar que aflore la parte femenina de cada uno sin temor a ser mal juzgado.

Me encanta la franqueza con la que confiesa que toda la ensoñación de la nube rosa de conocer a alguien digno de amar se le desvanece después de compartir la cama por primera vez. Me da mucha risa cuando añade, en un tono como del cómico del cine nacional Oscar Pulido: "todo cambia, mi Pedrito, todo cambia". Y es que los deseos y la libertad, a partir de ese momento, se malentienden hasta llegar a convertirse en derechos y deberes, si no se ponen a las vivas ambos.

Ahí radica uno de los factores que llevan a cualquier persona a tener deseos de pasar un rato con otro. Una vez, consciente de que es complicado viajar con otros, pues implica ponerse de acuerdo para todo y todos los días, realicé un viaje de trabajo con Alejandro Aura y me sorprendió la manera como se dirigió a nuestros huéspedes llegando a la otra ciudad: "¡Sí a todo!". Con lo que, tanto los que íbamos con él como los que nos recibieron, en todo momento nos sentimos en la libertad de proponer lo que queríamos hacer. Otro gallo nos cantara si tuviéramos en la vida, que es una forma de viaje, una disposición similar.

Pero debo cumplir con mi respuesta a la encuesta, claro, ampliando lo que no debe faltarle y lo que preferiría que no tuviera una mujer:

1. Lo que más me gusta en una compañera es su disposición de ánimo, para que se dé chance de que aflore su inteligencia constructiva, fluya su humor sin lastimar a nadie, y esté abierta a recibir lo que uno buenamente pueda dar, sin subrayar todo lo que no se tiene a la mano.

2. Lo que no me agrada en una mujer es que me vea como enemigo o sienta que es importante competir conmigo, para que entienda de una buena vez por todas que podemos remar hacia la misma dirección (de otra forma se corre el riesgo de sólo dar vueltas en círculo, mareándonos y pensando ambos en lo estúpido que resulta el otro).

3. Lo que no soporto, es decir, lo que puede incluso llegar a imposibilitar cualquier tipo de interés de mi parte es la falta de autoestima. Me enerva una persona que está pendiente de cada una de mis reacciones por miedo a perderme, sin darse cuenta de que, con ello, se está perdiendo a sí misma. Me saca de onda que alguien se ponga a mi servicio o quiera cambiar mi manera de ser o la suya, así como nuestros hábitos personales.

Creo, finalmente, que las relaciones (y no solamente las de pareja) son posibles en tanto ninguna de las dos partes imponga nada a la otra, y como diría el buen Serrat: "¡que no mande nadie!".

Referencias

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Comentarios

  1. Más que llenar este espacio diciendo lo que pienso de lo escrito, me gustaría decir lo que siento, tengo una sonrisa dibujada en la cara, tirándole a la ridicules, bueno en realidad no.
    No lo niego, pero es que es muy dificil contra atacar la idea de lo que los hombres buscan de las mujeres, de mi, como mujer; y me hizo recordar que en una ocasión alguien me buscó (hombre) y quería al parecer conocerme o más bien una relación o no se, pero lo que pasó es que llegó con algunos grados de alcohol encima y me dijo que quería conocerme, que bueno, era lógico que los hombres no se acercaran a mí para platicar conmigo ni para ser mis amigos y nada más, pero que el quería tener un acercamiento con migo y platicar para concernos, y bueno, lo único que pude decir en mi mente es que era un pendejo, (aunque no se lo dije, y en cierta manera me conmovió la necesidad de tomar para armarte de valor), porque oh gracias, gracias por decirme que los hombres se acercan a mi porque quieren otra cocas de mi.
    Bueno que se le puede hacer si muchos de sus compañeroooos en esta vida no les ayudan mucho a quitar esta fama.
    No obstante, habemos, los y las que deseamos romper con los grandes mitos, de lo que es ser mujer =tierna, tulce, sensible, buena...o mejor dicho bueniiiiiiisima y por supuesto sin cerebro, algo fuera de la realidad;
    y de lo que es ser hombre= fuerte, duro, insensible, y macho, muy macho, que tenga "viejas de a montón si no, no es hombre, y sobre todo que tenga pláticas super constructivas con sus amigos de como o con quien estuvo en la noche anterior, y a conciencia lo que hizo, o más bien le hizo, porque hasta para eso somos simples objetos...

    En realidad, estoy deacuerdo en el texto, no en cuanto a lo que me gusta de las mujeres como pareja, porque me gustan los hombres, pero si en la medida en que independientemente de gusto por mujer y hombre, debemos dar mas como personas, a cada paso que damos, es decir, seres pensantes, sintientes, y con la capacidad de construirnos a lo largo de la vida, evolucionando siempre, independientemente de ser hombre, mujer, novio, novia, amiga, amigo, hermano (a), porque ante todo somos seres humanos y vivimos frente y con el otor (a).

    Comentario de Gabriela Azpeitia hace 4 años y 56 meses

  2. Me gusta mucho como escribe Pedro Pablo Martinez y sobre todo la razon que tiene.......bueno, no soy hombre para saberlo, pero yo creo que en gran parte tambien busco lo mismo.

    ps
    tal vez encontraste el articulo en todamujer.com

    Comentario de .:EviTa hace 3 años y 42 meses

  3. Estoy casi seguro que lo encontré en t1msn... hace 4 años!!!

    No sé donde estará actualmente Pedro Pablo...

    Comentario de Roberto hace 3 años y 42 meses


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