ECUADOR NO APRENDE DE LA HISTORIA
Roberto Palacios González - 16/04/2007 14:53:21 | Categoria: General
Carlos Alberto MontanerEl Periódico de Guatemala - 16/abr/2007

Rafael Correa - Presidente de Ecuador
ECUADOR: POR LA CONSTITUCION AL DESASTRE
Algunos capitales, sigilosamente, buscarán amparo en Panamá, Miami o Suiza, donde corran menos riesgos.
Los ecuatorianos van a redactar una nueva Constitución. Los convoca ansiosamente a la tarea el flamante presidente Rafael Correa, quien tiene a su favor a la opinión pública. ¿Qué esperan de este cambio? Un brusco giro hacia el socialismo, objetivo que comparten ocho de cada diez personas en ese país. ¿Cuál socialismo? Según leo en un buen artículo del politólogo Jaime Durán, especialista en medir la conducta y las creencias de las sociedades, el 80 por ciento de los que lo apoyan dice no saber lo que es el socialismo (por eso lo apoyan). De ese universo, un 10 por ciento está convencido de que ser socialista es ser una buena persona que, por ejemplo, “ayuda a los ancianos a cruzar la calle”.
Los ecuatorianos, además, esperan grandes prodigios de la constituyente. El 20 por ciento supone que arreglará el problema del desempleo, el 18 por ciento que mejorará la seguridad pública y un 9 por ciento que aumentará la calidad de la atención médica. Solo un 4 por ciento entiende que la constituyente es solo una especie de enorme comité que se reúne para redactar una nueva Constitución. Para la mayoría una constitución no es un conjunto de principios y reglas sino un recetario maravilloso que traerá la prosperidad colectiva.
Hay una persona, en cambio, que espera sacar algo más de esta ceremonia: Rafael Correa. Correa quiere más poder. Tal vez alguien plantee la reelección prolongada o indefinida. ¿Por qué no, si lo decide el pueblo soberano? Correa desea tener más controles en sus manos para cambiar la realidad política y económica del país de acuerdo con sus ideas. ¿Cuáles? A juzgar por sus discursos y declaraciones, otra expresión de la vasta e inquieta familia neopopulista, emparentada con Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega y Castro, a lo que en su caso se agrega un peculiar matiz católico conservador.
Correa, en suma, desconfía del mercado, de la empresa privada y de la democracia representativa. Está convencido de que el Estado debe jugar un papel rector en el desarrollo económico y planificar, dirigir y asignar tareas sin soportar las críticas de la prensa, dado que esta vive en contubernio con el gran capital. También es un líder que no acepta las virtudes de la arquitectura republicana. Esa estructura de poderes independientes que se contrapesan y limitan la autoridad de los gobernantes. Quiere una fórmula de gobierno rápida y sin obstáculos.
Lo logrará. ¿Qué pasará a partir de ese momento? Sin duda, una cautelosa y creciente parálisis económica. Algunos capitales, sigilosamente, buscarán amparo en Panamá, Miami o Suiza, donde corran menos riesgos. Se incrementarán el desempleo y la emigración. La recaudación del Estado, lógicamente, disminuirá, de manera que Correa deberá endeudarse en el exterior si quiere aumentar el role del gobierno, pero le será muy difícil lograrlo, fuera de los casi exhaustos bolsillos de Hugo Chávez, porque simultáneamente se niega a pagar la deuda internacional.
¿Cómo va a terminar esta aventura? Como terminó el primer peronismo, como terminó el brasilero Getulio Vargas, como terminó el peruano Velasco Alvarado, como terminó el primer Daniel Ortega (y como terminará Chávez). Es de ese disparate socialista de lo que han escapado todas las naciones desarrolladas y libres del planeta tras experimentar fallidamente con las ideas intervencionistas durante todo el siglo XX. Ecuador no será una excepción a ese previsible destino. Lo terrible es que los ecuatorianos perderán inútilmente una generación viajando hacia el pasado. Pero nadie escarmienta en cabeza ajena. A veces, ni siquiera en la propia.
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